Que seáis tan totalmente de Dios que nada quede en vuestro corazón, que nada quede en vuestra alma, que no sea de Dios y para Dios.
Tenéis obligación de ser todo para Dios y todo para las almas, de tal manera que toda vuestra capacidad, todas vuestras fuerzas y vuestra existencia misma, la debéis de compartir para Gloria de Dios y para bien de las almas.
Vuestro Lema: “Todo por Jesús y por las almas” es síntesis de vuestra vida y si vuestra vida no ha de ser una mentira, si vuestra vida ha de ser una verdad, así debe de ser toda vuestra vida, ordenada a la gloria de Dios y al bien de las almas.
Pero he aquí que Jesucristo nuestro Señor, el Divino Corazón de Jesús, esta fue la razón de ser de toda su existencia en la tierra, hecho hombre, tomando Carne la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, de su Madre Inmaculada, abierto ese Corazón en la cumbre del Calvario, si entramos dentro de ese Corazón, en ese Corazón nos encontraremos dos amores. Un amor intensísimo un amor infinito a su Eterno Padre y un amor también intensísimo y un amor fortísimo e infinito hacia los hombres.
He aquí lo que encontraríamos en el Sagrado Corazón. Porque amaba a su Eterno Padre, nunca buscó su gloria, sino que buscó la gloria del Padre.
Porque me amaba a su Eterno Padre nunca se preocupó de sus cosas, pero la vida de Jesús estuvo siempre pendiente de lo que agradaba a su Eterno Padre: “No busco mi gloria, mi deber es hacer la voluntad del Padre que me envió”, y si el Eterno Padre dijo de Jesús: “Este es el Hijo muy amado en quien tengo mis complacencias”, el Eterno Padre que le llama su Amado Hijo, escuchó también necesariamente de los labios del Corazón de Jesús, el amor que Jesús tenía a su Eterno Padre. Todo por amor, sin crisis, sin eclipse en el amor que había en el corazón de Jesús para con su Eterno Padre.
Cuando suele haber eclipses en la vida, esa vida de amor para los demás, es cuando nos visita el dolor. Pues entonces, cuando Jesús, pendiente de tres clavos, cuando Jesús, medio muerto en la Cruz, destrozado y hecho un guiñapo se dirige a su Eterno Padre, le llama Padre y por si fuera poco le llama: Padre mío, ¿por qué me has abandonado? “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Lo mismo que cuando comenzó la Pasión en aquella angustia horrorosa del Huerto, entre angustias de muerte, Jesús tiene en sus labios la palabra: “Padre”. Tú eres… Tú sabes lo que me conviene. Tú sabes cuál es tu voluntad, sea esa tu voluntad sobre mí.
Amor, amor infinito en el Corazón de Cristo a su Eterno Padre. Pero el amor que tenía Cristo a su Eterno Padre, no le privaba de tener amor, también infinito, hacia nosotros. Y si en el evangelista San Juan se nos dice antes de la Cena: “Que habiendo Dios amado a los suyos, los amó dándoles su Hijo Unigénito, también de Cristo se dice allí que “amándonos, nos amó hasta el fin” y toda la Pasión y toda la vida de Cristo y toda la muerte de Cristo, no tiene como última razón de ser más que aquel amor que Cristo nos tenía.
Y el Evangelio, todo el Evangelio que es el Cristo perpetuo en la historia, el Cristo que podemos leer real y verdaderamente tal cual vivió aquí mientras estuvo los treinta y tres años en el mundo, ese Cristo viviente en el Evangelio, ese Cristo viviente en la Historia, ese Cristo, ejemplo de cristianos y sobre todo ese Cristo ejemplo de almas consagradas a Dios, no es otra cosa más que un Cristo lleno de amor a los hombres.
Y cuando en el siglo XVIII dijo a Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres” no hizo otra cosa más que sintetizar en esta frase viva y afortunada, todo lo que hay en el Evangelio, porque si Jesucristo se encarnó, es porque nos amaba a los hombres; si Jesucristo nació en la pobreza de Belén, es porque nos amaba a los hombres; si Cristo estuvo oculto en Nazaret, es porque nos amaba; si Cristo salió de Nazaret y se fue al desierto como un pecador a hacer penitencia, es porque nos amaba; si Cristo recorrió durante tres años los caminos todos de las ciudades, de las pequeñas aldeas de Galilea, de Judea y en general de Palestina, es porque nos amaba; Si Jesucristo se entregó a sus enemigos y ofreció sus manos para que lo maniataran, es porque nos amaba; si se dejó abofetear es porque nos amaba; si se dejó flagelar, es porque nos amaba; si se dejó clavar en la cruz, es porque nos amaba, y si inclinó la cabeza después de consumar la Redención es porque amaba a los hombres y enterrado allí nos sigue amando.
Jesucristo, que amaba con amor infinito a Dios, amaba también con amor infinito a los hombres y nos amaba a nosotros de tal manera que toda la razón de ser de la existencia de Cristo, en la tierra, no tiene otra explicación más que esta: que Cristo estuvo en la tierra, vivió, padeció y murió para reparar a su Eterno Padre ofendido por Adán, pero para regenerar la desgraciada suerte de la humanidad.
Y para que nos amara más se hizo hombre y fue uno de los nuestros y tomó nuestra misma carne, nuestra misma naturaleza, nuestra misma sangre, para no poder odiar su cuerpo y su sangre, para ser un Dios que conociera de nuestras enfermedades y de nuestras flaquezas.
Y de tal manera amó Jesús a los hombres, concretamente de tal manera amó Jesús a las almas, que no reconoció descanso, que no tuvo un momento de descanso y de reposo, porque toda su vida entera la dedicaba a las almas, se la dedicó a sus hermanos los hombres, a fin de reconquistarlos para Dios.
¿No es esta la síntesis de nuestra vida?
¿No es esto el modelo de lo que debéis hacer?
Ni vosotros ni yo tenemos en nuestro corazón capacidad infinita, somos limitados, somos pobres, pero tenemos un corazón capaz de amar y con la capacidad que Dios le ha dado, nuestro corazón, debe de ser un corazón totalmente dedicado a las almas.
La gloria de Dios fue reparada por Cristo nuestro Señor, con su Muerte y Pasión.
El bien de las almas fue reconquistado con la Muerte de Jesucristo, pero he aquí que es necesario aplicar a las almas la Redención; he aquí que es necesario repetir e insistir ante el Eterno Padre que perdone al género humano.
Sí, hay que desagraviar al Señor, hay que ser santos, hay que, con un corazón puro e inmaculado, dirigirse a Dios nuestro Señor, para que al menos pueda mirar al mundo y encontrar en él azucenas, pueda encontrar en él almas de virtud, pero hay también que dirigirse a las almas para que las almas comiencen a conocer a Dios.
He aquí la razón de ser apostólica de nuestro Instituto.
He aquí el modelo: lo tenéis en el Corazón de Jesús.
Venerable Doroteo Hernández
Casa de Salamanca
Enero de 1960

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