Nacimiento, infancia y adolescencia del Venerable Doroteo Hernández Vera
“Dios se sirve de lo pequeño para hacer cosas grandes” (cf. Lc 1,48).
Así comenzó la vida del Venerable Doroteo Hernández Vera, fundador de nuestro Instituto, en la sencillez de un hogar humilde donde Dios fue sembrando, desde muy
pronto, la semilla de una vocación extraordinaria.
Una vida que nace en la fe
Doroteo Hernández Vera nació en Matute de Almazán (Soria), el 28 de marzo de 1901, y fue bautizado al día siguiente, signo de una familia profundamente cristiana.
Sus padres, Santiago y Juana, vivieron con sencillez y esfuerzo. En
medio de dificultades económicas, supieron transmitirle lo esencial:
una fe viva, una confianza firme en Dios y un amor profundo a la Eucaristía.
El propio Doroteo dejó escrito que era hijo de “un padre cristiano y una madre piadosa y muy devota de la Eucaristía”, reconociendo en ellos el primer terreno donde Dios hizo germinar su vocación.
Una infancia sencilla, sostenida por Dios
Su infancia transcurrió entre Matute, Baniel y Almazán, marcada por el trabajo, la austeridad y el sacrificio.
Desde muy pequeño, su vida estuvo orientada hacia Dios:
participaba en la Eucaristía diaria, era monaguillo y, en la intimidad del hogar, recreaba con
sencillez aquello que más amaba:
“decía misa” en un pequeño altar preparado por su madre.
No fue una infancia fácil. Él mismo reconocía haber tenido pocas satisfacciones humanas, pero precisamente en esa pobreza se fue forjando una personalidad fuerte, recia y profundamente confiada en Dios.
La llamada: cuando Dios irrumpe en lo pequeño
Con tan solo cuatro años, en un lugar llamado “Las Terreras”, junto al Duero, se produjo el primer brote explícito de su vocación.
Ante la tristeza de su madre, pronunció unas palabras que marcarían toda su vida:
“Madre, no se apure, cuando yo sea mayor seré cura y estaré siempre con usted.”
Aquel momento quedaría grabado en su corazón. Años más tarde diría con emoción:
“Aquí se acordó Dios de mí.”
Y al recordar aquel inicio, lo interpretaba con una mirada profundamente espiritual:
“Si el primer brote de la llamada de Dios fueron las lágrimas de una madre, poco a poco Dios fue quitando de mí todo lo que pudiera quedar de elemento humano, para quedarse Dios.”
Primeros pasos de una vocación
Desde muy niño recibió los sacramentos con profunda sencillez:
la confirmación con un mes, la confesión a los cuatro años y la Primera Comunión en 1911, vivida con tal intensidad que llegó a romper a llorar, en una experiencia interior que desbordaba toda explicación humana.
En Almazán, además, comenzó a vivir con responsabilidad su fe:
fue monaguillo, sacristán en el convento de las Clarisas y colaboró en su
hogar vendiendo periódicos de la “Buena Prensa”, aportando lo poco que ganaba.
Una respuesta decidida a la llamada
Ya en la adolescencia, su vocación se hizo firme y definitiva:
entrar en el seminario, costase lo que costase.
En un gesto profundamente significativo, antes de iniciar este camino, se puso en manos de la Virgen de la Mayor, en la Catedral, confiándole su vida y su futuro. Depositó en el cepillo todo lo que tenía: diez céntimos.
Años después afirmaría que se sentía deudor de la Virgen, porque a ella encomendó su vocación desde la pobreza más absoluta.
Sus padres, al reconocer la claridad de su llamada, se trasladaron a Sigüenza para sostenerle, colaborando así, con generosidad, en el plan de Dios sobre su hijo.
El estilo de Dios: comenzar en lo pequeño
La infancia y adolescencia del Venerable Doroteo nos revelan con claridad el modo de actuar de Dios:
elige lo sencillo, lo humilde, lo oculto, para realizar en ello su obra.
En la vida de nuestro fundador descubrimos que la llamada de Dios no nace en lo extraordinario, sino en lo cotidiano, cuando un corazón sencillo se deja encontrar.
Porque, como él mismo vivió,
Dios sigue llamando… y lo hace también hoy.

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