· 

Conversión de San Pablo

San Pablo avanzaba hacia Damasco lleno de prejuicios y convicciones erróneas contra el cristianismo. Estaba persuadido de que Jesús era un impostor y de que los cristianos atentaban contra la unidad del pueblo judío. Su temperamento decidido lo llevó a transformar esas ideas en una persecución activa. Sin embargo, comenzaba a dudar interiormente, como muestra la frase de Jesús: «Es duro para ti dar coces contra el aguijón», que revela la lucha entre sus prejuicios y la gracia.

En ese contexto, Cristo sale a su encuentro con una intervención decisiva: la luz que lo derriba y la voz que lo interpela. Pablo responde con disponibilidad total —«¿Quién eres, Señor?» y «¿Qué quieres que haga?»— iniciando así una conversión de extraordinaria intensidad. Reconoce que Dios tuvo misericordia de él porque actuaba por ignorancia, y entiende que su rectitud interior, aunque mal orientada, fue el punto de partida para la acción divina.

A partir de este momento actúa con una lógica nueva y coherente con la fe que acaba de recibir. Acepta la ceguera, el ayuno y la instrucción humilde de Ananías. Permanece en oración y se deja enseñar como un niño. Más tarde se retira al desierto para orar, estudiar y hacer penitencia. La lógica espiritual orienta toda su vida: el perseguidor se convierte en defensor de Cristo y anuncia en la sinagoga la verdadera identidad de Jesús.

Su existencia queda marcada por una profunda gratitud a la misericordia de Dios. No oculta su pasado, se sabe indigno y llega a llamarse “un abortivo”, pero reconoce que ha sido constituido apóstol únicamente por gracia. Esta gratitud constante sostiene su misión.

Otra característica fundamental es su amor tierno, apasionado y total a Jesucristo. Solo quiere conocerlo a Él, y todo lo demás lo considera pérdida con tal de ganar a Cristo. Este amor se alimenta de una vida de oración altísima y de gracias místicas extraordinarias, equilibradas por fuertes tentaciones permitidas para mantenerlo en humildad.

El apostolado se convierte en el eje de su vida. Soporta azotes, cárceles, persecuciones y naufragios por anunciar el Evangelio, y persevera hasta el final, pudiendo afirmar: «He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe». A pesar de su debilidad física y su poca presencia externa, se sobrepone por amor a Cristo y a la misión.

Finalmente, Pablo vive un profundo espíritu de penitencia. No olvida que fue perseguidor de la Iglesia y desea reparar con generosidad. Su conversión no se detiene en un cambio inicial: avanza hacia la santidad, recupera el tiempo perdido y se convierte en ejemplo vivo de entrega y coherencia.

Su trayectoria muestra que una verdadera conversión no consiste solo en abandonar el pecado, sino en crecer sin detenerse hasta la santidad. Si antes fue lógico en su error, ahora lo es en su entrega a Cristo. Su vida invita a vivir con esa misma coherencia para corresponder al plan de Dios y alcanzar la gloria de Dios, la salvación de las almas y la propia santificación.

 

(De la Meditación sobre la Conversión de San Pablo del Venerable Doroteo Hernández, Segovia 1958)


Escribir comentario

Comentarios: 0