Sobre la flajelación

Siervo de Dios, Doroteo Hernández Vera


Imaginémonos a Jesús que con la espalda desnuda y el semblante tranquilo y sosegado, recibe duros golpes, mientras hace a su Padre actos de ofrecimiento de sus dolores por nosotros. Dadme Señor conocimiento de tus penas, amor a tus dolores. Dame, que penetre el deseo que tenías de mi salvación.

Lo que nos dice el Evangelio es poquísimo y sin embargo es lo bastante para que nos imaginemos lo que el tormento de la flagelación fue para Jesús.

Era costumbre romana, mandar flagelar a los que habían de ser crucificados para que no inspiraran malos sentimientos… Dan pues la orden de la flagelación y se hacen cargo de Jesús los sayones… Esto es ya bastante.(…)

Imaginaos a Jesús desde el Pretorio al atrio de la flagelación, llevado a empellones con insultos y palabras soeces… ¡Pobre Jesús! ¿Qué mal has hecho para que te traten así? ¡Si has pasado por el mundo haciendo bien, ¿por qué pagarte de ese modo?! Tenía que ser así para que aprendiéramos a recibir mal por bien.

No os extraéis de que sean desagradecidos con vosotras, que digan mal de vosotras. Jesucristo lo ha dicho: A mí me perseguirán, también a vosotros… Cuando esto ocurre no os desaniméis. De estos mismos soldados, que fueron los que le insultaron y le clavaron, y se portaron tan mal con Jesús salió Longinos y los otros, que cuando bajaban del monte se golpeaban el pecho reconociendo en Jesús al Hijo de Dios. Jesucristo podía haber dado orden de que los tragara la tierra, pero ¡no! … Él sabía que la hora de Dios tiene su momento… Llegó la hora de Dios y aquellos soldados que se mofaban de Jesucristo, después se convierten en amigos. Esto nos debe enseñar que no hemos de tener prisa, que hay que esperar la hora precisa; cada alma, tiene su hora y si la aprovecha se salva. ¡Qué poca cabeza tenemos si queremos recoger el trigo a los ocho días de sembrado! ¡Jesús se dejó flagelar! Hay que dar tiempo al tiempo. Es táctica de Jesús con nuestras almas, que poco a poco nos perfeccionemos…

Llega Jesús al atrio y le desnudan ¡Pobre Jesús mío! ¿Cómo permitiste esta ofensa, este agravio? Misterio de Dios para que cuando tengamos que sufrir y padecer cosas inevitables, nos pongamos en manos de Dios y nos acordemos y nos unamos a aquella hora de Jesús.

Comienza el tormento. Descargan golpes y más golpes… Los flagelos eran cordeles acabados en bolitas de plomo y caían con estrépito sobre las santísimas espaldas de Jesús. Eran además azuzados por el mismo infierno con toda la rabia, con toda la ira, sin darse cuenta que cuanta más sangre derramara, más glorificado era el Eterno Padre y el Eterno Hijo. ¿Cuántos fueron? En el mejor de los casos, supongamos que no le dieron más de los que la ley permitía.

Jesús entretanto piensa en nosotros y ofrece al Eterno Padre sus dolores. “Por Ti, oh Eterno Padre! Por vosotras ¡Oh almas!

Cuando por el apostolado recibamos en la vida golpes, insultos, ¡quién sabe qué cosas! Aprendamos de Jesús y digamos: ¡Por Ti oh buen Jesús y por estas almas que Te quiero ayudar a redimir!

Jesús en este paso mostró lo mucho que nos amaba. Si no nos hubiera amado tanto ¿hubiera pasado por tanto vilipendio? Nos amaba es el mismo de entonces; Jesús no es tornadizo. Nos amaba cuando recibía aquellos golpes terribles y nos ama ahora cuando ya está en el cielo. Este pensamiento: Jesús me ama a pesar de mis debilidades, de mis defectos, de mis miserias, debe hacernos felices. Si estuviéramos bien convencidos de esta verdad ¡cómo devolveríamos amor por amor!

¡Oh Jesús, queremos amarte con amor de locura, y si tú quisiste sufrir tanto tormento por nuestro amor, nosotras queremos por Tu amor recibir los golpes que nos reserve la vida, vengan de donde vengan.

D.H.V.

(Valencia, 1949)