Jesús en la casa de Caifás.

Siervo de Dios, Doroteo Hernández Vera


Aprendamos de Jesús humildad y mansedumbre. Representémonos a Jesús como en casa de Anás, de pie y a Caifás sobre un trono. Admiremos la majestad de su semblante, la serenidad de sus respuestas, la divina sabiduría que da ejemplo.

Comencemos por situar bien la composición, porque nos ayuda para ir representándonos a Jesús tal como estaba en la Pasión. Esta oración sirve para amar tierna, afectuosamente al Señor, unirnos a Él y aprovecharnos del ejemplo que nos da.

Representémonos a Jesús que sale de Casa de Anás, entre soldados, esbirros y Jesús majestuosamente va avanzando. Quieren hacerle ir más deprisa para hacerle romper aquella majestad que les impresiona. De suyo no debieron haberse reunido en casa de Caifás, sino en la dependencia del templo. Pero puestos a ser aduladores le presentaron primero en Casa de Anás, que no era Pontífice, y luego en casa de Caifás. Y observad una cosa: estos escribas, fariseos, que no se molestaban en ir al templo, para esto si se molestaron porque había que matarle. Para hacer cosas malas somos más sacrificados, que para hacer cosas buenas.

(…) Ahí tenéis a Caifás, vanidoso, presumido; no era más que un juguete de Anás, pero le gustaba ser juguete. Ahí está sentado en el trono del Sumo Sacerdote. Se establece una especie de Sinagoga y allí se van sentando: primero los que han sido Sumos Sacerdotes, después lo que son Sumos Sacerdotes, los escribas, y los ancianos; ahí está Jesús con su túnica blanca-croma, un turbante, calzado con sandalias, con su nariz perfilada, callado en su porte.

Comienza el interrogatorio y al ver que Jesús no contesta le conjura en nombre de Dios: “Te conjuro de parte de Dios vivo…” Jesús responde: “Tú lo has dicho y veréis al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo, con gran poder y majestad! “ ¡Con que hipocresía este hombre comete una pecado! ¡Si no lo deseas saber para hacer justicia! El conjuro se emplea como una palabra suma. Esto hace el sacerdote cuando bautiza. Caifás dice: Te exijo en nombre de Dios vivo que me digas la verdad para consumar yo mi mentira. ¡Qué malos somos cuando nos ponemos a ser malos! ¡Cuando tenemos por medio las pasiones! ¡Todo lo que tienen es envidia de Jesús. No toleran que nadie sea más que ellos. Jesús no se ha presentado en el Sanedrín para pedirlos permiso para predicar. Cuando eran más admirados los milagros, las enseñanzas, la doctrina de Jesús, más lo envidian ¡Qué corazones más ruines hay en el mundo! La envidia conduce a estar arañando y mordiendo con capa de bien. Seamos justos. Si en nuestro corazón hay pasioncillas, no nos metamos a juzgar, callemos.

Como le conjuran en nombre de Dios vivo, en nombre de Dios lo hace: habla, obedece, aunque le va a costar la vida. He aquí un modelo para las almas consagradas. ¡Cuántas veces nos cuesta obedecer “para que nos vamos a molestar si es inútil”! ¡Ah! Si los superiores mandáramos siempre en nombre de Dios, y los inferiores obedeciesen siempre en nombre de Dios, ¡qué bien estaríamos! ¡Cómo hace Jesús! Le mandan decir en nombre de Dios lo que le va a costar la vida. “¿Tú eres Cristo?” “Yo soy Cristo”. Bajo el punto de vista teológico es una prueba irrefutable de su divinidad. Bajo el punto de vista ascético, nos enseña mucho: a veces hay que hacer una reprensión, y cuesta decir lo que debemos aunque de ellos nos venga mal. ¡Cómo contrasta esta conducta de Jesús con la de aquellas gentes! ¡Qué divino se le ve a Jesús en la Pasión! Si se le ve divino en el Tabor, si se le ve divino cuando da de comer a aquellas gentes, cuando cura al paralítico de la piscina, no se le ve menos divino cuando conserva aquella divina serenidad en su pasión. “¡Ha blasfemado!” ¿Por qué? Lo lógico hubiera sido que Caifás hubiera dicho: ¿Eres el Cristo? ¿Qué pruebas das de que eres el Cristo? Y Jesús hubiera podido presentar su doctrina,

sus milagros. Pero esto ¿qué importa? Es la pasión, que da al traste con todas las virtudes. Dominados de la pasión de la soberbia y de la envidia dicen: “Ha blasfemado” ¿Dónde está esa blasfemia? Tengamos mucho cuidado de dominar nuestras pasiones. Todas, todas pero sobre todo la ira, la soberbia y la envidia. La ira turba el corazón, la soberbia no deja ver las cosas como son; la envidia ve enemigos, donde no los hay. Jesús por obedecer tiene que escuchar: “Es reo de muerte”. Ya lo sabía Jesús; por eso su agonía en el Huerto. Pero ¡qué daño haría al corazón de Jesús!, porque decirle que ha blasfemado es llamarle impostor, intrigante porque lo que le querían decir es que era un falso Cristo, un falso Mesías. Jesús calló y no se defendió y la sentencia es irreparable, porque aquel

tribunal es omnipotente en la tierra. Es lo que debemos hacer cuando nos acusan injustamente y no se nos quiere oír y no se nos quiere hacer justicia. Jesús calla y le va en ello la vida.  Tú que hablas por un puntillo de honra, tú que no eres capaz de aguantar una pequeña acusación, que te parece injusta y en tu callar ¿qué te va? Que si allaras quedarías más en tu puesto. Jesús calla y le va en ellos la vida. En tu callar ¿te va la vida? Uno de los defectos muy

humanos pero, que es muy general es excusarse. Todo el mundo. Y esto no es agradable a Dios. Callar es mejor, que hablar ante Dios y ante los hombres. Aprendamos de este paso de Jesús: HUMILDAD, CARIDAD, PAZ, SERENIDAD en los momentos difíciles, callar aunque sea heroico, callar en las cosas pequeñas. Procuremos seguir a Jesús paciente. El se encargará de imprimir en nuestra alma su rostro como lo hizo con la Verónica; se encargará de ir transformando nuestra alma para hacerla lo más semejante con su Humanidad, con su divina persona. Aprendamos a ser humildes, a ser pacientes, a tener caridad y a saber callar cuando se nos acusa injustamente.

Pidamos al Señor estas gracias por medio de la Santísima Virgen.

D.H.V.

(Año 1948)