Jesús ante Anás

Siervo de Dios, Doroteo Hernández Vera

Pidamos al Señor espíritu de humildad y serenidad en los momentos difíciles.

Vamos a considerar a Jesús que es llevado a empujones desde el Huerto a casa de Anás. Vamos a representarnos a Jesús entrando por aquel palacio como un reo cualquiera, sin ninguna consideración. Veámosle así subiendo aquellas escaleras: aunque maniatado sube majestuosamente el Señor aquellas regias escaleras. Mientras Anás está sentado, Jesús está de pie: Dios, el superior, de pie. Anás, el inferior, sentado. ¡Qué humildad la de Jesús! Una palabra ha bastado en el Huerto para que los esbirros cayeran en tierra: una palabra hubiera derribado a Anás, pero Jesús no hará este milagro, porque Jesús en su Pasión lo único que hará es sostener a su naturaleza, humana para que no desfallezca. Quien le viera solo con verle descubriría su temple de ánimo, su majestad cuando la mayoría de los hombres no son dueños de sí mismos.

¿Quién es Anás? Un hombre sin vocación, que ha escalado las cumbres más altas. Así se explica que fuera ambicioso, enredador, servil, intrigante, tirano con los vencidos. Este hombre, alma consagrada a Dios, pero sin espíritu, comienza a pedir cuentas Jesús y comienza a preguntar: “Dime algo de tu doctrina y de tus discípulos”. Por su doctrina fácil es responder, pero “tus discípulos”… Observad el bochorno de Jesús porque está allí solo. Cuando oye hablar de sus discípulos, el que los amaba tanto y tan delicadamente: “Dejad ir a estos” Y le dejaron todos. Ya Judas le había traicionado, pero le dejan también aquellos ocho que había dejado al a entrada del Huerto: Santiago, el del celo exuberante, el Hijo del Trueno; Pedro el apóstol de la fe; Juan, el discípulo amado… ¡Cómo dormitamos a veces los buenos! Y cómo hacemos sufrir al corazón de Jesús hasta los buenos! ¡Qué fuerte para el Corazón de Jesús! ¡Qué consuelo para Él hubiera sido poder decir ¿Mis discípulos? Ahí los tienes. Cuando nos veamos un poco solos, cuando veamos un poco solos, cuando veamos que no nos siguen como nos debieran seguir, tengamos un poco de valor y no nos quejemos. Queremos tener como adoradores a nuestros inferiores, a nuestros iguales y a nuestros superiores. En seguida decimos: “No me comprenden”. Jesús está firme y sereno con majestad sublime: conoce que no le interesa su doctrina y se calla de sus discípulos; cuando no podamos decir bien, callemos. ¡Qué caridad la de Jesús! Cuando no hay razón de utilidad, callar.

La respuesta es firme, es de un hombre íntegro, valiente, que no se doblega ante la desgracia. Es una respuesta que desbarata los planes de Anás, porque si Jesús hubiera dicho: Mi doctrina es esta: Bienaventurados los misericordiosos, los que lloran, los que sufren, etc. Anás con su soberbia farisaica hubiera podido discutir con Jesús. Los esbirros quieren no hombres sino muñecos, y entonces uno de los esbirros, que le había prendido, le da un bofetón al Hijo de Dios y sin perder la serenidad - una prueba más de que es el Hombre por antonomasia - Jesús responde: “Si he hablado mal, muéstramelo, y si no ¿por qué me hieres? El esbirro que se adelantó fue servil; para agradar a una criatura da una bofetada a Dios. Esto es lo que hacemos: por agradar a una criatura desagradamos a Dios. ¡Cuántas injusticias, ceguedades, durezas con otras personas! La respuesta de Jesús, no sirvió para nada porque presidía la pasión.

Nadie salió por Él y Anás se queda indiferente. Nosotros podemos ser de esos indiferentes: ver dar un bofetón a Dios. Nosotros que somos tan sensibles a nuestras cosas ¡qué poco sensibles somos cuando ofendemos a Dios! Y nos reímos y estamos encantados de la vida rodeados de gentes que ofenden a Dios. Un alma cristiana, un alma consagrada a Dios, y no digamos nada de un alma apóstol, yo creo que no deberá hallar descanso, sino gran pena y tener una amargura habitual en su corazón al ver a su Dios ofendido. Nuestro Dios está habitualmente ofendido y vivimos con insulsez, con una risa constante como si no pasara nada. ¿Ya no hay pecados que llorar? ¡Locos debemos de ser pues que no lloramos con Dios ultrajado, con Dios ofendido!.

Una Cruzada debe tener algo de alma reparadora, mucho de alma apóstol, hacer mucho por evitar los pecados y hablar a su Dios de corazón a corazón: Perdón Señor, perdón. En resumen: No nos quejemos cuando no tengan con nosotros la consideración que queremos. Tengamos serenidad en los momentos difíciles. Aprendamos a dolernos de los pecados de los demás y evitemos los pecados veniales, que ofenden a Dios.

D.H.V.