Hora Santa. Jueves Santo

Siervo de Dios, Doroteo Hernández Vera


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fijémonos concretamente, de todo esto, en estos dos versículos: “Después tomó el pan y dio gracias, lo partió y se les dio diciendo: “Este es mi Cuerpo, el cual se da por vosotros, haced esto en memoria mía.” “Del mismo modo tomó el cáliz después que hubo cenado diciendo: Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre que se derramará por vosotros.” ¡Qué palabras estas nunca bastante bien comprendidas ni meditadas: “Este es mi Cuerpo tomad y comed. Tomad y bebed, esta es mi Sangre.”

Dice S. Juan en su evangelio, que Jesús habiendo amado a los hombres, los amó hasta el fin. Ante la Institución de la Eucaristía, no se puede dudar que eso es ciertísimo. Sólo por amor podía quedarse con nosotros; por otra cosa, ¿para qué? Dios no nos necesita para nada. Pero ¡qué amor tan grande verdaderamente divino, y qué honor para el hombre ruin y miserable ser así amado… Fue una maravilla de amor la Encarnación, el vivir vida oscura en Nazaret, el fatigarse predicando, pero ninguna como esta de la Eucaristía. Hay un salmo que dice que Dios estuvo repasando en su imaginación qué darnos y como todo le parecía poco, como Padre amantísimo, que no sabe que dejar a sus hijos más preciados, se nos dio a Si mismo en comida… ¡Quién pudiera pensarlo!

(…)

A todo se acostumbra uno y también a comulgar… quizá hace algún tiempo que comulgamos por rutina y hacemos de la comunión de cada día un acto más debiendo ser el principal. En la Eucaristía Cristo se nos da todo. Ya hubiera sido gran suerte para nosotros si nos hubiera dado su santísimo Cuerpo o su Sangre preciosa; pero ¡no! TODO: Cuerpo Sangre, Alma y Divinidad. TODO. Y pensaría al hacerlo, en los sacrilegios, en el olvido en que le dejaríamos en los Sagrarios, en las profanaciones, en las comuniones rutinarias… Y a pesar de todo ello se nos entrega totalmente. Almas tacañas: Jesús se nos da todo. ¿Pudo hacer más de lo que hizo?… ¿Y nosotros? Aquí en la tierra se dice que amor con amor se paga. ¿Nos damos todos a Jesús, o le damos un poco de nosotros, lo que no nos duele, lo que no nos cuesta, lo que queremos darle?

La última noche mortal de Jesús es de ingratitud y desamor también inmensos de los hombres para con Él.

Y no vamos a hablar de los pecados del Sanedrín, ni de Herodes, ni de los que le azotaron ni escupieron; son pecados demasiado grandes; nosotros por la misericordia de Dios, no somos del Sanedrín, ni de aquellos…Vamos a considerar el pecado de los Apóstoles que seguramente causó mayor pena a Jesús que el de los otros. En éstos quizá nos veamos retratados…Acababan los Apóstoles de comulgar… Jesús después les había hablado con acentos de ternura infinita... “Hijitos míos… permaneced en mi amor, que yo permaneceré en vosotros…” “Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir fruto si no está unido a la vid, así vosotros los sarmientos… Al modo que mi Padre os amó, así también os he amado” Nunca les había hablado Jesús así… ¿Cómo corresponden los Apóstoles? Judas le entrega… Pedro le niega, los demás le abandonan. Judas había sido alma selecta, el mismo Jesús le scogió. En aquella noche poco antes de entregarle, le distingue con pruebas de amistad; cenando le da un poco de pan mojado; ni más ni menos que se hace con alguien, a quien queremos obsequiar… ¡Qué delicadeza! Después le dice: “Amigo” y se deja besar. Esta escena causa gran repugnancia. ¡Besar Judas a Jesús!… ¿Cómo llegó Judas a esta

degradación de entregar poco a poco a la muerte al Maestro? Poco a poco despreciando las pequeñas ocasiones, toques de la gracia, etc. Pero no es esto solo. En el Huerto el selecto de los selectos, Pedro, Santiago y Juan se duermen. Podía haberles dicho el Señor: ¡Pero tú, Pedro, ¿no fuiste elegido por mí, para cabeza de mi iglesia?… tú, Santiago, a quien tanto he distinguido; tú, Juan, a quien tanto amo! ¿Es posible? Los otros huyeron y le seguían de lejos. ¡Qué grabado debieron tener este de lejos toda su vida los Apóstoles! Todavía hay un rasgo de hombría divina de Jesús al prenderle: “Si me buscáis a mí, dejad ir a estos. ¡Aun los defiende! Y otra pena grande de Jesús aquella tarde: la negación de Pedro. ¡Cuánta pena tuvo que suponer para Jesús la negación de Pedro! Le había escogido, le había erigido en autoridad sobre los otros, y unos momentos antes, le había prometido seguirle donde quiera que fuese; sin embargo no tiene valor para confesarlo, y delante de una mujerzuela contesta temblando: “No conozco tal hombre”. Y así tres veces y con juramentos. Pero refiere el Evangelio que aquella misma noche ante la mirada de Jesús llora amargamente y se arrepiente de su pecado… La primera mirada del Señor

le elige para cabeza de la Iglesia: Simón - le dice al verle - tú serás llamado Pedro… y la última le convierte. ¡Qué mirada sería aquella para cambiarlo en un instante? ¿De indignación, de compasión, de perdón? No lo sabemos.

En la historia de nuestra vida, ha habido días de promesas solemnes, de entrega en los que como Pedro hemos prometido seguir al Señor donde quiera que fuese y quizá después también como él le hemos negado, no tres veces, ¡tres docenas de veces!… ¿ha sido así? ¿Cuántas veces hemos dicho Señor en adelante todos tuyos?… En el día de nuestro bautismo fueron nuestros padrinos quiénes lo dijeron por nosotros. En la Primera Comunión nosotros mismos; en la profesión con los votos, las religiosas, o de otra manera lo hemos dicho y luego… rectifiquemos esta tarde nuestra conducta renovemos nuestras promesas y no con la audacia de Pedro, sino con humildad profunda, ante tanto amor como nos demuestra, y ante tanta ingratitud de los hombres que hoy como ayer le ofenden, démosle lo que nos pida con generosidad.

D.H.V.

(Capilla de las R. R. Mercedarias)

(1941)