Carta desde la prisión

Siervo de Dios Doroteo Hernández Vera

Esta carta fue escrita por el Siervo de Dios cuando creía que iba a ser ejecutado en la persecución religiosa en España durante la guerra civil años 1936 - 1939. Estando el Siervo de Dios prisionero por ejercer su ministerio sacerdotal pensando con toda la seguridad que su muerte es inminente, dirige a las personas que él había atendido espiritualmente para despedirse de ellas y alentarlas a seguir firmes en la fe en Cristo, en aquellos difíciles momentos de persecución y siempre. Encontramos en ella una síntesis de la espiritualidad del Siervo de Dios. Que podemos denominar como una santidad apostólica que une santidad anclada en la caridad con el prójimo. 

Fue difundida en copias manuscritas durante la misma persecución en Santander; después la difusión fue mecanografiada; a finales de la década de los cincuenta y en el año 2001 fue impresa.


A cuántas almas traté en estos calamitosos tiempos, un saludo en Cristo y el deseo de su gracia, y a cuántas por nosotros se interesaron, mi más sincera gratitud.

            Con San Pablo, y como él por Cristo en la cárcel, abofeteado, vapuleado, tenido por loco, y milagrosamente salvado de la muerte, puedo deciros que sois objeto de mis pensamientos y que mis fatigas las ofrezco al Señor para que viváis en santidad.

            Estas líneas que os escribo con mala pluma y sin más mesa que mis rodillas que desde hace meses no han podido doblarse para adorar al Señor, van encaminadas a recordaros el deber en que estáis de vivir vida interior, vida de fe, vida santa, de seguir a Cristo ahora que tantos se avergüenzan de él, de vivir abandonadas a la voluntad de Cristo. Es decir, recordaros lo que ya os había dicho muchas veces, pero sin la autoridad que da el padecer por Cristo.

            ¿Verdad que lo que hoy os diga os será más imborrable y os producirá mayor efecto y bien espiritual que cuantas cosas os dijera mejor pensadas en otros tiempos?

            Vivid vida interior, es decir, no os entreguéis a lo exterior de manera que quede vacío el espíritu, recordar que “solo una cosa es necesaria”, que deis al cuidado de lo material algún cuidado porque es un deber, pero no poniendo en ello todo el afán, no inquietándoos porque os falten muchas cosas, consoladas con que hay miles y miles de personas que abundan en todas privaciones. Llevar vida interior es frecuentemente, ojalá habitualmente, pensar en Cristo, tener un afecto para él, a él ofrecerle las obras y fatigas, vivir con él como se vive con un amigo; buscar a Jesús en todos nuestros actos; en su grado más perfecto es vivir solos con Jesús, aunque estemos rodeados de multitudes. El enemigo de esta vida es la disipación, con sus secuelas de impaciencias, orgullo y egoísmos. Evitar éstos es fomentar esa vida.

            La vida de fe hace mirar a Dios y a su Providencia en todo, ordenándolo todo, buscando en todo nuestro mejor bien. Es llevar a la práctica, es aplicar a los actos de cada día, de cada hora, de cada instante el Credo que nos enseña la influencia divina sobre todos los acontecimientos provenientes de las criaturas, de nuestro natural, o del modo de ser de nuestros prójimos. Ver en todas las cosas y acontecimientos a Dios. Esto es la vida de fe. Quien no lo ve así se inquieta por todo porque solo ve al modo de los que no usan de razón con los ojos de la carne. Veamos a Dios que ordena nuestra vida para que le sirvamos, no para servirnos y que todos nos sirvan.

            Vida santa. “Haec est voluntas Dei, sanctificatio vestra”. “Esta es la voluntad de Dios, vuestra propia santificación”. Podemos tener nosotros otra voluntad, vivir para alegrarnos, para darnos todas las posibles satisfacciones, para dominar a los demás... Pero esta voluntad nuestra no será la de Dios que debe absorber la nuestra. Ser santos: he aquí el ideal. Que es no pecar en nada, que es buscar lo más perfecto en todo, que es adornarse de virtudes y desarraigar defectos, naturales y adquiridos. Nos falta mucho para ser santos, ¿pero lo deseamos de veras, eficazmente, con todas las consecuencias, sin distingos ni regateos?, ¿o tal vez nos contentamos como supremo ideal con ser buenos con esa bondad corriente que tampoco diferencia nuestra vida de la vida de un ateo algo decente? No; hemos de serlo como lo eran los primeros cristianos, con la santidad que radica en la pureza e inocencia acrisolada del corazón, que edifica y atrae almas a Cristo, al revés de la corriente que tantas ha apartado de él y de nosotros. Precepto, ruego que os hago, y que deseo ser el primero en cumplir: “Non peccatis” “No pequéis”. Vivid vida santa, con santidad positiva, de obras y virtudes, no de solas palabras, apariencias, o de solos deseos.

            Seguir a Cristo. En estas circunstancias es más meritorio. Pero sigámosle como él va, con cruz, corona de espinas, clavos, pasión, tal vez muerto; él lo dirá. San Pablo decía: “No me glorío de saber otra cosa que a Jesucristo y a este crucificado. Prefiramos así seguir a Cristo, camino de la cruz, no camino del Tabor sino del Calvario, que en aquello hay egoísmo espiritual semejante al de San Pedro. En el seguirle como Juan, como la Magdalena, como la Santísima Virgen, al Calvario, no cabe sino amor abnegado, mortificado, crucificado en la misma cruz con Cristo en privado y en público, entre católicos y no católicos, cuando agrade o desagrade siempre y con todas las consecuencias sigamos a Cristo, no nos avergoncemos de él, ni de su cruz, ni de su pobreza, ni de sus afrentas y escarnios. Todo esto por ser de él es de infinito valor.

            Propósitos: Huir de todo respeto humano y amar la cruz. Consolar a Cristo de tanto abandono y disimulo, de tanto pecado, aun de los buenos.

            Como consecuencia vivir abandonados a la voluntad de Cristo renunciar a todo lo que envuelva propia voluntad. Vivir buscando lo que más agrade a él, aunque sea lo que más nos desagrade. Abandonarnos es entregarnos en cuerpo y alma a él, como hijos, como almas esposas, como siervos, como esclavos. Es costoso al principio, pero es sumamente útil al alma. Hasta consolador. Seamos de Cristo sin reserva alguna, propiedad suya sin regateo alguno.

            Esta es la voluntad de Dios y este el ruego que os hago: Sed de Dios.

            No me compadezcáis, envidiadme. Solo siento no poder hacer nada por las almas, sino ofrecer mis pocas privaciones. A cambio de ellas me da el Señor una gran felicidad y más contento del merecido. Mis buenas hermanas son mi única preocupación. Por mí no se preocupen para nada. La Providencia me ha salvado y me salvará de todo mal.

            En Cristo os dejo, y a Cristo os encomiendo, y con Cristo os bendigo + deseándoos santidad.

                        Doroteo